Piratear

piratear.

(De pirata).

1. intr. Ejercer la piratería.

2. intr. Cometer acciones delictivas contra la propiedad, como hacer ediciones sin permiso del autor o propietario, contrabando, etc.

Piratear se ha convertido en una de las palabras más usadas en los últimos dos meses de residencia berlinesa. Todo debido a un grandérrimo personaje cuyos nombres y apellidos serán ocultados para favorecer su ardua tarea en estos menesteres pirateros. Tanta ha sido la ejecución delictiva por su parte, y por parte de otros muchos, que este verbo español -de ahora en adelante imprescindible en nuestra vida- ha traspasado fronteras y ya es rara la persona extranjera que conozcamos que, ejerza o no la piratería, no se favorezca, ampliamente, de nuestra labor de arrieros de los mares del sur.

Todo empezó como empiezan las grandes historias…, no, esta vez no fue por los porros, en serio. Empieza por nimiedades, pequeños detalles apenas imperceptibles pero que, a la larga, terminan por trastocar una personalidad o conjunto de ellas para generar una amplia dependencia que trastoque tanto a la persona hasta convertir sus acciones en un modo de vida. Y una vez enfrascado en una tarea tan ardua, una misión que consume todas tus expectativas y recursos vitales… es imposible volver atrás. Ojo, sigo sin hablar de droga…

No recuerdo la primera vez, aunque seguro que fue placentera. Seguramente fue un acto inocente, apenas reflexionado ni meditado. Un burdo intento de escapar a las férreas leyes que nos oprimen y nos torturan (blablabla… y eso que no es el estado  colonialista español que si no….) y sentirnos libres en esta cárcel, ya no de cemento, sino de sentimientos incapaces de encontrarse entre sí para otorgarnos la felicidad a los que tanto la ansiamos. No fue como otras primeras veces, aunque casi todas las primeras veces se terminan por olvidar ante la escasez de elementos dignos del recuerdo. Pero algo había en el propio acto, en la ejecución bien planeada de la acción, esa pequeña descarga de adrenalina,… que nos obligaba, casi cada día, a caer en las redes y el influjo de las fechorías de alta mar.Primero quizás fueron chocolatinas, quien sabe. Hubo un gran expolio en el Kaisers durante lo que se vino a conocer como la etapa Gold Marie, esto es cerca de Warschauer Straße, epicentro de demasiadas boberías durante los meses de enero y febrero. Veinte cervezas pagadas, cuatro tabletas de chocolate de regalo. Piratería en estado puro. Ya luego nos pasaríamos al queso, embutidos, botes de soja, anchoas, salsas de cualquier tipo y condición, fruta,… todo aquello con un tamaño proporcional al de nuestros bolsillos o chaquetas se convirtió en nuestro mejor amigo. No hablemos ya de abrir la mochila en el supermercado y desalojar en ella nuestros malos pensamientos.

La cúspide de esta primera fase de piratería, vamos a llamarla todavía “inocente”, se produce hace bien poco cuando tras comprar una lata de comida para gato -no, todavía no paso tanta hambre ni tampoco tengo un animal diabólico- recibo un pantalón típico bávaro. Sí, ya tengo mi atuendo étnico-folclórico para el próximo Oktober Fest. El pantalón de marras estaba valorado en algo más de cien euros, precio rebajado cercano a los noventa, creo recordar. Todo un despropósito, pero un gran detalle sin duda.

El transporte, quizás una de las cosas más caras en Berlín, no podía escapar tampoco a nuestro afán de reducción de gastos tan en boga en los últimos tiempos por territorio español. Ir en el metro sin billete es cosa de niños, aparte que sigue siendo peligroso debido a los revisores, aunque yo todavía no tengo ni una santa multa de cuarenta euros. Me cuido las espaldas. La técnica no será desvelada en público, pero los billetes semanales (veintidos euros de broma), los billetes diarios (casi siete) y los sencillos se pueden piratear sin problemas con una migaja de ingenio digna de cualquier ancestro del homo sapiens.

Pero aún hay más… cuando ya se empieza a actuar con premeditación y alevosía, cuando se elaboran complicados planes para obtener el mayor beneficio posible a costa de unos pobres ignorantes a los que piratear continuamente. Estamos ante la época Generator, aún en activo. Aquí la implicación de la tecnología es fundamental para nuestros objetivos. Fotocopiadora, tijeras y un poco de paciencia. Los pobres diablos que regentan el Generator te dan un papelito cutre, fotocopiado, a cambio de cuatro euros para que desayunes en sus instalaciones. Los mismos pobres infelices, te dan otro papelito tras consumir un plato de comida en su cafetería mediante el cual puedes obtener cervezas gratis. ¿Hace falta explicar algo más? Solo diré que la última vez que estuve presente en la elaboración de estos planes maestros apenas hicimos cincuenta copias de free drinks. Yo no voy a desayunar porque no me compensa levantarme temprano, coger el S-Bahn ida y vuelta a Neukölln a tiempo para llegar a clase.

¿Qué más se puede piratear? Las noches de hostal, sin duda. Hay diversas tácticas, formas y maneras. Podemos jugar a las camas calientes como los inmigrantes, podemos dormir en los sillones de la recepción, podemos dormir de dos en dos, podemos tantear habitaciones vacías hasta encontrar donde caernos muertos,… podemos,… podemos…¿Dónde hemos puesto el techo a nuestros actos deliberadamente criminales? Eso quizás solo el ente superior – y esta vez tampoco es Florentino Pérez- lo sepa. Pero así, con la boca pequeña, sin dar detalles y sin querer regocijarme mucho en el asunto diré que… me sé de una persona que estuvo alojada en un hostal durante un mes sin pagar y salió por la puerta triunfalmente con una sonrisa en la boca y la mochila a la espalda.

- ¿Me dejas el pasaporte? Lo necesito para ir a Western Union a retirar dinero para pagarte este mes de hostal.

Así que nada, amigos, voy a darme una vuelta por el supermercado que hay un queso a las finas hierbas que todavía no he catado y ya saben lo que dice la canción:

… la vida pirata, la vida mejor… 

Píldoras berlinesas

Bueno, como no hay manera de escribir con regularidad por mucho que uno tenga tiempo libre, me predispongo a realizar un pequeño resumen de lo acontecido por aquí en las últimas fechas, claro está, sin orden ni concierto. Bastante tiene uno en la cabeza como para encima pretender acordarse exactamente de donde moran sus pies en cada preciso momento. A decir verdad, este año 2012 se nos está yendo de las manos por momentos. No hay cosa que no ocurra ni que deje de ocurrir, no hay momento al descanso mental ni mucho menos al físico. Se empiezan a acumular tensiones, desvaríos mentales, risas infinitas, momentos de soledad, ráfagas de adicción televisiva,… en fin, al lío.

- El invierno alemán no ha sido tan duro como pintaba. Casi podemos decir  que hasta febrero no supimos de él gracias a esa ola de frío siberiano que cruzó el continente. Hay que reconocer que fueron días duros, uno no está acostumbrado a salir de fiesta a -15º, pero el alma del fiestero puede más que otra cosa. Hecho reseñable el día que se me congeló la rasta por salir con el pelo mojado de casa, graciosímo. Aparte de eso, la verdad que ha dado muy poco de sí el invierno. Por fin vi nevar, pero nunca nevó, no al menos por el barrio, como para salir a la calle a tirarnos bolas. Eso sí, la felicidad que me daba salir de casa y ver las vías del tren blancas, los parques y jardines con una fina capa de nieve,… curioso, sin duda. En Tegel, por casa de Mariana, sí que había una estampa más invernal, pura y dura, entre el bosquecito, la pradera,… Y creo que el otro factor diferencial era ver el Spree congelado. Nunca había paseado por un río congelado y, aunque al principio da cague, la verdad que te echas unas risas.

- En cuanto a las adicciones televisivas hay mucho que decir. Primero la más jarta: me vi Juego de Tronos en un día. Mira que había hecho treinta mil intentos, el primer capítulo pude haberlo visto quince veces, en muchas ciudades distintas de España, pero no, esa seria parecía no ir conmigo. Al final tuvo que ser en casa de Mariana, un domingo de inmensa resaca, con un proyector y un sistema de sonido que hiciera vibrar las paredes. Tal fue el enganche que tras ver los primeros cinco capítulos todos juntos, tuve que terminar la temporada en casa en otra apasionante noche sin dormir. Por el camino también han caído Modern Family,  Alcatraz, Lost (empezándola, otra vez, con calma), Breaking Bad y Mad Men, aunque a esta última no le termino de pillar del todo la gracia.

- En cuanto al idioma… pues hoy empezaba el curso de nivel B1, así que voy con paso firme en esto del alemán. La gramática se me queda sin problemas, otra cosa es el vocabulario. Cada día que va pasando voy un poco más suelto, pero no deja ser una puta impotencia no tener palabras para expresar lo que quieres en cada momento, pero siempre está el inglés. La verdad que ahora, en el nuevo piso, casi que solo hablo en alemán así que vamos mejorando. A ver si esta tarde salgo a comprarme el libro nuevo y de paso me compro algún libro de lectura en alemán, aunque sea de nivel infantil.

Open Air Party
- ¿Fiestas? Todos estaban deseando esta parte, lo sé. Mentiría si digo que poquita, mentiría si digo que no he tenido resacas, mentiría si digo que me he portado bien. En estas últimas tres semanas las he tenido de todo tipo y color. Emborracharse en casa quemando calderos con amigos italianos; fiestas de drumma y dubstep en las que perder la cartera y volver a encontrarla una semana después; raves encima del río congelado que empiezan un domingo al mediodía, se nos van de las manos y terminamos de fiesta el lunes a primera hora tras quemar algún bar en Kreuzberg y terminar en el Kalter Holzig tras hacer un intento fallido de pasar al Barghain. También estuvimos en el concierto de Obrint Pas y se nos volvió a ir de las manos, benditos porros canarios, y volví a caerme por unas escaleras. Hay otro par de noches sueltas en Kreuzberg; el concierto de Igor y la botella de Arehucas 12 años; alguna otra noche en el Gold Marie en la que la cerveza Konrad, 47 céntimos, fue nuestra mejor amiga,…

Y ya el último fin de semana que rozó la épica extrema. En principio fui al Raw Tempel a recuperar mi cartera, a continuación me acerqué a saludar al Gold Marie, se cruzó con nosotros una chica canadiense y el resto de la historia entra en terrenos casi sórdidos. No eran ni las siete de la tarde. Una caja de cervezas, una botella de vodka, un intento fallido de ir al Water Gate a ver a Four Tet, muchísimo alcohol, otra noche que se nos vuelve a ir de las manos, mucho. Tanto que tras un momento de degeneración, perversión y enajenación mental, termino descalzo en el U-Bahn a las cuatro de la mañana en dirección a… vete tú a saber. Reaccioné, volví al lugar del crimen, recuperé mis playeras y me terminé quedando en una de las habitaciones del hostal de la que me echaron al par de horas. Épica rotunda. Nunca más me fiaré de las chicas canadienses.

- Pero también hay tiempo para el deporte, aunque parezca que no. He recuperado la bici y voy a clase todos los días con ellas. El camino para clase es facilito salvo por una cuesta a la entrada de mi calle. Además, a esas horas hay poco tráfico y se va de lujo aunque haya que pillar alguna calle de adoquines. Por la tarde ya es otro percal. El otro día me decidí a lanzarme a recorridos largos y pff, que mal rato pasé con tanta gente por la acera. Los coches me siguen dando mucho miedo y solo bajo a la carretera en los momentos en los que me veo seguro. Pero que ni tan mal, me hice unos seis kilómetros con la bobería y ni me caí ni atropellé a nadie, así que bien.

Y al rocódromo solo he ido una vez, pero espero volver esta semana o la que viene porque ando un poco pachucho. El sitio se llama Ostbloc y es un gran recinto de bulder de interior. Cinco euritos que cuesta la entrada antes de las dos de la tarde y tres el alquiler de los pies de gato (los míos siguen estando en Seseña). Hay siete niveles de bloque y una travesía. La verdad que hay bloques hay dolor, hay entretenimiento para rato. Yo me pulí los dos primeros niveles casi sin problemas, salvo un bloque que se salía, directamente, de un techo. Pero también estaba reventado como una cochina, la próxima vez lo afronto desde que llegue y fijo que sale. También tienen un par de slackline, una a un metro de altura y por encima de los bloques, pero ni lo intente. Y el sitio muy guapo, la verdad: cafetería con bebidas, papeo variado, vistas al río, una terracita, silllones, vestuarios,…

- Ah, y bueno, no se me podía escapar. Una noche de estas que no salimos (sí, sí, hay noches en las que no salgo, ¿algún problema?), nos dimos un pedazo de homenaje en forma de cenita con amigos. Un par de kilos de costillas, pure de papas, unas botellitas de vino, muchas cervezas y cantidades ingentes de risas. Habíamos terminado de cenar y estábamos repasando, por enésima vez, la doble anécdota de Mariana y mía de cómo perder la paleta de fiesta o de cualquier manera absurda. En una de esas abro la boca para descojonarme y noto como algo cae de mi boca, rebota en mi barriga y cae al suelo para, a continuación, sentir, un extraño vacío en mi mandíbula superior. Adiós, paleta, adiós. Ya andaba con la mosca detrás de la oreja desde hacía un par de semanas, una noche en el Laika me había rallado bastante porque al contacto con la lengua se movía un poquito, pero no le quise dar mucha más importancia. Así que nada… tres o cuatro días aguantándome la paleta como podía, con miedo a comer, miedo a hablar y que se volviera a caer,… un espectáculo. Muy en mi línea, para variar, pero nada desastroso. A los cuatro o cinco días ya fui al dentista, nunca estuve realmente sin paleta y ahora solo queda esperar pasar por Canarias para hacer el apaño definitivo.

Y, ahora sí, creo que hemos terminado con estas “píldoras berlinesas”.

Tres meses de canciones

Justo se cumplen tres meses de mi llegada y trasteando en en mi perfil de Last Fm me he dado por comprobar qué grupos he escuchado desde que dejé Madrid. Siempre me gustó Last Fm y sus estúpidas estadísticas, sabía que algún día todos esos scrobblings -rozo la escalofriante cifra de ciento cincuenta mil  canciones escuchadas- tendrían algún tipo de uso. No están todos los grupos que escucho, obvio, el mp3 no cuenta y la saturación de Pearl Jam llegaría a límites insospechados. Pero bueno, primero la lista, luego los comentarios.
La verdad que he vuelto a Pink Floyd como un animal. Cada día estoy más convencido que The Dark Side Of The Moon debe ser uno de los tres mejores discos de la historia. Entre lo extraordinario de su música y los recuerdos que me trae, me veo completamente sumergido en sus discos durante horas. A rueda de Floyd, tenemos un buen número de bandas punteras en mi vida: Sonic Youth, Christina Rosenvinge, Andrés Calamaro y Pearl Jam. En estos casos es bastante común que estén tan arriba en la lista, tengo sus discografías completas siempre preparadas para la reproducción y mi pasión es incondicional. Aún así hay ciertos factores que explican cosas como el lanzamiento del cuádruple disco de Christina o la emoción desbordada al comprar entradas para ver a Pearl Jam en julio. Del Honestidad Brutal no voy a decir nada…

A la vera sorprende la presencia de Ariel Pink’s Haunted Graffiti para después empezar con los clásicos ejemplos de discos a los que me he enamorado directamente. 65daysofstatic publicaron disco hace un par de meses y mi entrega a él fue casi devocional, siguen sin salir de mi mp3. This Silence Kills de Dillon también se ha convertido en una pequeña addición. Primero fue ardua su búsqueda, Thirteen To Thirtyfive sonó durante semanas en Flux Fm y no había manera de entender a los astutos locutores alemanes, pero amaba esa canción, siempre me saca una sonrisa risueña.

Otros que sacaron disco, esta vez en directo, fueron Sigur Rós que volvieron a acompañarme en muchas de esas tardes, que en realidad son noches, en las que el frío y la desgana se apodera de ti. Me sigo emocionando como la primera vez al escuchar canciones como Glósoli. Standstill también querían estar en esta lista, la recuperación de toda su discografía, algunas canciones clave,… por recuperar hasta Nueva Vulcano a vuelto a aparecer, aunque en mucha menor medida.

Párrafo aparte para Gatonieve, por supuesto. Otros que tienen material nuevo, Grieta, y con los que mantengo una unión más que emocional. Además, este es uno de los casos en los que mi adicción llega a ser preocupante porque su disco consta solo de siete canciones. Sí, le he dado muchas vueltas a Fuego Artificial. Tras ellos, aparece Nina Simone con su pedazo de voz y el fabuloso J Mascis, líder de Dinosaur Jr, con un disco que me mata por dentro y por fuera como Several Shades of Why.

Empezando a echar el cierre aparecen los amigos de Che Sudaka. Vienen a tocar próximamente y he vuelto a engancharme. Ya hablé con ellos para quedar cuando lleguen a la ciudad, ir a la prueba de sonido, hacerles unas entrevistilla para Radio Vallekas,.. El libro de los abrazos tiene mucha culpa de todo esto. Detrás de ellos, y antes del podio de la deshonra, aparecen Maika Makowski con un disco que me gustó bastante aún siendo más calmado que su precedente, el desquicie constante de Zach Hill y la electrónica cargada de clasicismo de Susumu Yokota.

Y ya en el vagón de cola… Eddie Vedder con sus dos discos en solitario, infinita tristeza; los viajes paisajísticos de las islandesas Amiina y, la gran sorpresa, Noiseland colándose en última posición. Cerca de entrar en esta clasificación se han quedado Los Rodríguez, Iván Ferreiro, Bon Iver, Los Piratas, Terrakota, Pj Harvey,…

Dentro de otros tres meses volveremos a comprobar qué escucho en esta ciudad.

Fin a la odisea del WG

A pocos días de alcanzar mi tercer mes en Berlín se pone fin a la Odisea del WG. Tres largos meses en los que conseguir una habitación en un piso compartido, ese pequeño huequito que poder definir como mío, había pasado de ser una prioridad a convertirse en un gran problema. Sin duda, creo que puedo afirmar que se trata de una experiencia nada agradable y, por momentos, complicada de llevar. No tener una casa donde caer muerto no significa que no puedas arrancar ese póster de 2×2 de tu grupo favorito que has visto por la calle, tampoco consiste en pasearte en calzoncillos sin sentirte un cazador furtivo persiguiendo gacelas Thompson (Eudorcas thomsonií) en el Serengeti cuando te levantas a media noche a fisgonear en la nevera; definitivamente no, hay mucho más. Muchísimas cosas se te pasan por la cabeza cuando vives de prestado.

Día a día se te van acumulando más cosas en la cabeza y empiezan los problemas. Primero hay que reconocer que uno, aquí, tiene amigos contados con los dedos de la mano y no es tan fácil recurrir a ellos para que alojen durante algo más que unos días. Me refiero a que no estoy en Las Palmas de Gran Canaria, ni en Madrid o Barcelona, donde, casi doy por hecho, que me puedo quedar a dormir hasta en casa de los padres de algunos amigos. Aquí uno baraja muchas menos posibilidades debido a lo cerrado de mi círculo de amistades y las opciones son bastante reducidas. Pero no siempre todo es tan negativo como empieza sonando. A fuerza de verte ante el nomadismo creciente, a punto de caer en la desesperación y convertirte en una persona monotemática (- ¿Cómo estás hoy? – Sigo sin piso), empiezan a aflorar personas dispuestas a echarte una mano por muchas razones. Algunos porque ya sufrieron esta lenta agonía, otros por mera simpatía, otros porque siempre están dispuestos a hacer un favor, otros simplemente aparecen en el momento correcto y no precisan mayor explicación,…  En los días que peor he estado emocionalmente, más me ha alegrado la respuesta de personas que nunca esperaba que hicieran nada por mí.

Tal vez sea un especie de extraño vínculo entre inmigrantes. Todos pasando por el mismo tipo de situaciones, las mismas dificultades, los mismos retos por delante. Cualquier suelo que se me ha ofrecido, cualquier sofá, cualquier cama compartida,… haya sido aceptada o no, tiene un huequito en mi corazón. Son detalles pequeños, insignificantes, pero que engrandecen a personas y ayudan a sentirse un poco mejor, al menos no tan solo como uno pensaba. Aunque la mayoría de ellos no sabe español, aprovecho el momento para darles las gracias.

El segundo gran problema es la puta impotencia que siente uno al no encontrar piso. Es realmente jodido, sobretodo si esa era tu máxima prioridad al llegar a esta ciudad. Echas muchas horas, muchísimas buscando pisos en Internet, leyendo ofertas, valorando, escribiendo correos de presentación y luego te sientas a esperar respuestas… y ya te crece la barba esperando, lo aseguro. En un día malo – con pocas ofertas interesantes- lo normal era mandar unos veinte o veinticinco correos electrónicos de los cuales, a duras penas, obtenías tres o cuatro respuestas. A continuación intentar concertar una cita para ver el piso y conocer a los habitantes de la casa, cosa tampoco fácil. A veces alquilaban la habitación directamente antes de quedar contigo, otras pasabas del asunto porque hablando por correo algunas cosas no eran fiables o no te terminaban de convencer,  a saber cuantas veces me habré encontrado, directamente, con timos,…

En fin, que cuando consigues una cita para ver un piso te sientes el rey del mundo y piensas que te lo vas a comer. Y sí, te lo comes, pero de un color más bien oscurito y con un olor en función de lo que hayas comido en las últimas doce horas. Los alemanes parecen disfrutar con una serie de procesos de selección bastante curiosos. Cuando se trata de entrevistas individuales todo puede fluir con bastante normalidad, un poco de nervios, aparentar ser buena persona y medir las palabras. Pero cuando te enfrentas a cuatro habitantes de una casa y ocho posibles nuevos inquilinos… se abre la veda en la sabana.

Ni la Stasi sometía a sus prisioneros a interrogatorios tan duros. Ya no solo es lo típico de datos personales, qué haces aquí, gustos y aficiones. No, no. Religión, comida, posicionamiento político, pensamiento ante las drogas,… incluso gilipolleces, sí. No te hacen elegir entre ardillas y hurones, pero casi. A veces da la sensación que tienen una plantilla psicológica con preguntas prestablecidas para elegir al compañero idóneo. Y si a esto le sumamos el factor idioma (estoy convencido que en algunos sitios no me han cogido por no hablar alemán al cien por cien), la presión de tener a tres rivales a tu lado dando lo mejor de sí mismos para obtener la misma habitación,..

Termina la conversación con los aspirantes y con los actuales inquilinos con esa lapidaria frase: “ya te llamaremos”. Y sí, jode, jode muchísimo escuchar esa frase una y otra vez por mucho que te sonrían al decirlo, por mucho que creas que has triunfado durante la entrevista,… no. Nunca puedes confiar en los astutos alemanes. Y uno se va quemando, vaya que sí.

¿Son ellos unos hijos de puta? ¿Soy yo el que falla? ¿Qué hago mal? ¿Por qué no caigo simpático? ¿Son las pintas? ¿Qué puedo hacer para mejorar mi presentación? Intentas todo lo que se te ocurre. Unos días apareces por allí con cervezas, otro con galletas para tomar el té, unos días cuentas chistes, otros hablas más de trabajo y otros de fiesta. Intentas explotar todas las facetas de tu vida hasta encontrar alguna que sea la adecuada, pero… ¿cual es la adecuada? Y cuando visitas el piso número N -del que has salido encantado- y pones rumbo a tu casa con esa puta sensación que no, que esta vez tampoco… Pues uno se ralla y mucho, muchísimo.

Estaba claro que no iba a tirar la toalla, no me vine aquí para hacer el capullo tres meses y volver con el rabo entre las piernas. Pero  la impotencia ha sido muy grande. Muchos cambios de humor, bajones inesperados, desgana generalizada,… todo pierde interés cuando tu vida se transforma en un oscuro bucle del que parece que no puedes escapar. Cada día la misma historia, el mismo problema y ningún tipo de avance. Sí, esto es la vida, pero joder,… cuando pasan cosas de este estilo siempre pienso que tal vez sí que deba existir dios porque no se me ocurre otra persona (ente, entidad abstracta, fuerza de la naturaleza, alineación de átomos,… como lo quieran llamar) tan hijo de puta como para castigarme así. Y desgasta, vaya que sí. Ya no solo porque dependas siempre de terceros para entrar y salir de casa, para comer, para lavar la ropa,…

Se trata de establecerse en un lugar, crear vínculos con cuatro paredes, empezar a vivir sintiendo algún tipo de seguridad que no tengo muy claro como describir. Puedes estar empadronado aquí, hablar alemán, tener una cuenta bancaria, hacerte un contrato telefónico y cuarenta millones de cosas más, pero no. Hasta que no estableces tu hogar no te sientes parte de esta ciudad, no puedes realmente disfrutar de ella y asumir que, ahora sí, poca vuelta atrás queda. Ahora solo queda disfrutar, seguir aprendiendo de la vida y relanzar los pensamientos positivos.

Se inicia la fase 2.0 de estas experiencias berlinesas de unos pies descalzos.

Meine zweite WG

Bueno, como afirmaba en la anterior entrada, por fin encontré piso y abandoné el sofá de casa de Isa. La búsqueda de piso -tendrá entrada propia, tranquilidad- se antoja complicada por decirlo de manera suave. No hay manera de encontrar algo o yo no soy capaz, pero ya digo que esa es otra historia. Finalmente encontré piso, aunque solo por un mes, y se resolvió todo al pim-pam-pum. Vi el piso, le caí simpático a la tipa, me presentó a los compañeros, les caí simpáticos, fui al cajero, pagué, me dio las llaves y me mudé. Todo en veinticuatro horas, rápido y efectivo.

Ahora vivo un poco más arriba que el mes pasado, aunque sin salir de Neukölln.  Bueno, siendo puristas, muy puristas, hay quien llama a esta zona Kreuzkölln por rozar la frontera con Kreuzberg. Vivo en la calle trasera de Maybafucher, a dos minutos caminando del U-Bahn de Schönleinstraße (por aquí pasa la U8). La zona está de lujo, otra vez y para variar, jeje, aunque me gustaba más Neukölln, sinceramente. Pero bueno, dos veces por semana se organiza un gran mercado de frutas y verduras en el canal de Maybafucher y es bastante económico y cómodo, además suele haber ambientillo, guiris, músicos callejeros,… y pasear por la zona del canal siempre da algo de vida y alegría.

Entrada al segundo patio de la casa: SchokoFabrik

Bueno, para entrar al edificio hay que cruzar dos patios, sobre estas líneas se muestra el primero de ellos y el nombre que parece recibir el edificio: SchokoFabrik. La verdad, y aunque no lo haya preguntado, el edificio tiene toda la pinta de ser uno de esos grandes edificios industriales reconvertidos, vete tú a saber cuando, en edificio residencial. La presencia de sendos patios de entrada, los inmensos ventanales, los montacargas exteriores en lugar de ascensores, las escaleras metálicas de incendios,…

Vista del espacio común desde la entrada

Lo más impactante de esta casa, es su amplitud y habitabilidad. Quizás no se aprecie bien, pero el techo puede estar, tranquilamente, a unos cuatro o cinco metros de altura y da una gran sensación de espacio. Tampoco sé si se distinguirá, pero todas las habitaciones de la casa están hechas a mano (casi mejor sería decir home-made o, siguiendo filosofía panqui, do it yourself). Todas las paredes son de pladur, colocadas por los inquilinos de la casa según eran necesarias o convenientes. El único problema, aunque de momento apenas perceptible, son los ruidos o la escasa intimidad sonora, por llamarlo de otra manera. Pero, de momento, no ha pasado nada y, además, ya todos somos mayorcitos y estamos curados de espanto.

Espacio común desde el otro lado

La verdad que sigo sin tener claro cuantas personas somos en el piso. En el último recuento llegué a la conclusión que somos siete humanos, dos cánidos y un conejo, pero esto puede cambiar en cualquier instante, sobretodo el conejo si se vuelve a pasear por el salón con los perros asalvajados presentes. Es un caos constante, pero las risas siguen estando presentes. Al menos dos de los compañeros son dj’s con lo que ello conlleva,… jajaja; otra de las chicas está entre ravera-perroflauta, tanto le da a la música electrónica como a la balcánica; tengo un mecánico que se pone camisa, sombrero y corbata para escuchar blues y beber whiskey; un aficionado al MDMA que solo me he cruzado dos veces,… y a las otras dos chicas no las tengo bien identificadas todavía. Ya digo que entre que hay siete habitaciones y que todos los días vienen amigos, duermen novios/novias o lo que dios quiera que sea… es raro despertarte y no desayunar con alguna cara nueva.

Cocina 1

La cocina es un espectáculo, la verdad, y no solo por la cantidad de cachivaches para cocinar que tenemos, sino por la propia organización de las comidas. En esta casa se comparte toda la comida salvo raras excepciones. La compra no se realiza conjunta, cada uno va comprando según le apetezca, o siguiendo las directrices de necesidades de la pizarra, y apunta sus gastos en una tabla. A final de mes se cuadra la tabla de manera que los que menos han pagado paguen a los que más han gastado. Y cocinar…  pues se cocina siempre para mil. Salvo el desayuno, que sigue siendo individual, el resto de las comidas pasan a ser caóticamente divertidas al tener que cocinar para un mínimo, siempre, de cinco o seis personas. Raro es el día que llegas a casa por la noche y no hay un plato caliente que echarte a la boca. Ya digo que es un caos y a veces no se me apetece lo que hay cocinado, pero se vive y se comparte de lujo.

Puerta de mi cuarto. Mulder en la memoria, siempre.

Y aunque no lo he comentado, el espacio común es gigantesco y casi no se usa, una pena. Habrá cuatro o cinco sillones, mesitas bajeras, lámparas, armarios cargados de juegos de mesa,…  me dejan esta casa y me dejan elegir a seis personas para vivir en ella y creo que la quemaríamos en menos de una semana, jeje. También tenemos un espacio lounge-chill out en construcción. En el momento de sacar estas fotos estaba en otra disposición, pero ahora cuenta con cuatro sillones individuales, cojines para aburrir y están esperando por una moqueta y algún colchón.

Zona Lounge-Chill Out antes de la reforma

Y por fin el cuarto. ¿Qué decir ante un póster como el que tengo en la puerta? Soy más que feliz. Siempre deseé tener ese póster, siempre adoré a Fox Mulder y ahora, por fin, he cumplido uno de mis deseos de toda la vida. La habitación es normal, al menos lo que aquí uno considera normal. Mis quince metros cuadrados, como poco, no me los quita nadie. Cama de matrimonio, estanterías, armarios, mesas,… quizás lo más gracioso sea la iluminación. Tengo una combinación de lámparas de luz roja (sí, completamente luz de puti, sí, te echas unas risas), lámparas incandescentes, halógenos,… uno se puede montar aquí su propia fiesta.

Una parte del cuarto

Y, como viene siendo habitual, resulta escandaloso el precio de los pisos y, por decoro, sigo sin decirlo públicamente. El ventanal da hacía un patio interior y será, al menos, de tres por por cuatro. Una pasada, es tremendamente luminoso para ser un primer piso. Y bueno, este es mi segundo piso así a rasgos generales. Faltarían por aparecer los dos baños, el despacho, el taller de bicicletas (nunca se sabe lo que puede aparecer en una casa), el altillo y las fotos de los patios con el parking de bicicletas, el taller de marionetas para niños y alguna otra cosa pintoresca por parte de los vecinos. Pero bueno, en definitiva esto es todo… hasta dentro de dieciséis días que me vuelva a mudar.

Espero que el siguiente sea ya el definitivo, o al menos pueda aguantar allí hasta verano, pero tampoco pasaría nada si tengo que jugar a Un mes, Un piso.

Weihnacht

Dicen, cuentan, rumorean, que la Navidad es un período de felicidad, esperanza y reencuentro con los tuyos. Hace ya mucho, quizás desde siempre, que la Navidad carece de verdadero significado religioso y no es más que una excusa, otra de tantas, para la reunión, el jolgorio colectivo y, en definitiva, olvidar los problemas que nos atañen día a día para sumergirnos en una felicidad -a veces hipócrita- que nos saque una sonrisa.

Arbolito de Navidad al final de Unter Den Liden con la Puerta de Branderburgo detrás

Desde mi exilio berlinés las Navidades han pasado volando -aquí ya las podemos dar por terminadas- y, la verdad, poco me he enterado de ellas. No hace falta explicar que la mayoría de la población, si es religiosa, profesa el protestantismo y ese factor unido a que uno establece su residencia en barrios de prominente carácter musulmán ya podemos ir entiendo que aquí sentimiento navideño más bien poquito. Pero no son tan rancios como parece que los describo. Tienen sus  Weihnachtsmärkte, sus bebidas típicas de Navidad (Glühwein), sus dulces, sus lucecitas de Navidad,… eso sí, sin caer nunca en el despropósito desmedido de luces y demás parafernalia que en España llega a empalagar.

El primer contacto con la Navidad lo tuve en el Weihnachtsmärkt de Neukölln situado en Richardplatz. La verdad que fue raro y una pena, era un mercadillo muy pequeño, y por ello transitable y cómodo, pero solo lo encontramos abierto un fin de semana. Un escenario con niños cantando villancicos, infinidad de puestos de artesanía, otros tantos de salchichas (para variar un poco la dieta), gofres, frutos secos y el puesto estrella: Glühwein. Se trata de una bebida a base de vino caliente -no me refiero del tiempo, sino caliente, caliente, que echa humo, vamos- y una suculenta combinación de especias. La verdad que coloca -sobretodo si jugas fuerte como nosotros con chupito de ron incorporado, calienta el cuerpo y demás, pero el sabor a mí no me convenció para nada. No le termino de pillar la gracia a eso de una bebida alcohólica caliente, solía dejarme llevar y bebérmelo ya casi frio o, al menos, tibio. Ya a mitad de diciembre el siguiente acercamiento a este mundo navideño pudo ser el paseo por Mehringdamm por el hecho que una de las personas que iba conmigo compró un par de regalos para sus hermanos, pero bah. Zona comercial con algunas tiendas de estas jipillas bastante curiosas -y caras también-, zapaterías, restaurantes y cosas así. Lo mejor de todo una librería en la que nos estuvimos partiendo el culo con el mítico libro de coña y dibujitos en plan “Cómo ser un súper padre“.

Sería delito no mencionar la que liaron estos astutos alemanes entorno a Alexanderplatz con el Weihnachtsmarkt más grande y turístico, y por ende caro, de toda la ciudad. Era como un pequeño pueblito de casas de madera plagado de olores interesantes, muchísimos puestos de comida, muchísimos, y niños correteando por todas partes. Quizás la noria, el tiovivo o la pista de patinaje sobre hielo eran los culpables de tanto prepúber sonriendo y gritando en una extraña jerga que nunca llegué a descifrar. Más puestos de artesanía, jabones, velas, madera,… la verdad que tampoco indagué mucho. No iba a comprar nada, así que tampoco curioseé. Las dos ocasiones que pasé por Alex fueron meramente casuales.

Única foto decente en Alexanderplatz

Y ya unos pocos días antes de las vacaciones de Navidad, propiamente dichas, estuve en otro de esos Weihnachtsmärkt que pueblan la ciudad, cada barrio tiene el suyo. Esta vez me acerqué al Lucia Weihnachtsmärkt, si es que se llamaba así, situado en Kulturbrauerei, cerca de Prenzlaeur Berg. Allí me reuní con mi núcleo español recientemente conocido. Una buena combinación de canarios, peninsulares y mexicanos con los que ya me había tomado alguna que otra cerveza -o muchas-, unos tacos y muchas risas. Aquel mercadillo dio poco de sí, la verdad, fuimos directamente a beber y ahorramos exponer las fotos por la dignidad de los allí retratados.

Llegaron las vacaciones y todo el mundo emigró menos yo que seguí a la caza de una habitación en piso compartido así que el espíritu navideño se difuminó en una extraña soledad y vagabundeo por casas ajenas a la espera de un regalo anticipado. Al final entré en un piso (tendrá entrada propia, paciencia) el 23 de diciembre y con ellos celebré la Nochebuena al día siguiente.

Parecía que iba a ser una noche muy extraña, mucho. Remitiéndome al principio, se supone que estas fechas eran para la familia o para aquella gente que quieres y aprecias. Momento de estar con los tuyos y disfrutar de su presencia, hechos que, a todas luces, este año no iban a ser partícipes de mis fiestas. Entre unas cosas y otras, la mudanza del día previo y la calma que uno emplea en la vida, me vi el mismo día veinticuatro casi corriendo por la calle, ya a media tarde, buscando un supermercado donde comprar algo para cenar esa noche. Nunca lo diría, y no creo que ellos se sientan orgullosos, pero los turcos salvaron la Navidad. ¿Quien si no iba a abrir ese día sin ninguna restricción horaria?

Cena en casa con mis recién estrenados compañeros de piso y muchas más personas que nunca volveré a ver. Unas quince personas entorno a una mesa compartiendo comida, bebida, los mismos problemas idiomáticos y, por supuesto, muchas risas. Yo preparé unos champiñones rellenos de queso de cabra y el resto…  hojaldres de salmón con queso, goulash (plato húngaro) tanto vegetariano como carnívoro, ensaladas varias, espaguetis caseros (chiquitas risas para hacer la masa de la pasta) y un par de tartas. Y de beber… qué decir… hasta el agua de los floreros, para variar un poco. También aparecieron unas cuantas tartas, pero sigo en mi línea de abstención de productos altamente azucarados.

En plena borrachera, y ya con el sector francés -al menos seis- poniendo música ochentera italiana, jugamos al Amigo Invisible que, por supuesto,  también había olvidado aunque salí del paso regalando Indignaos de Hessel en alemán. Al final el regalo estrella resultó el que recibí yo: una suerte de blandiblú. Y como niños… me hice una pajarita de blandiblú, unos collares a la chica japonesa, mocos a todo dios,… hasta que descubrimos que tirarlo al techo y ver como caía era un deporte muy apasionante. Todavía quedan marcas verdes en el techo.

Y ya luego… de fiesta. Fuimos a un garito llamado Tristeza (solo dios sabe si se escribe así, pero así se pronunciaba) con un cierto toque punk-rock que resolvió bastante la noche. Imagino que algún pobre conductor se cagaría en nuestra madre al ver a la mañana siguiente un árbol de Navidad sobre el techo de su coche, pero yo no tuve nada que ver, palabra. Alguien tenía que sacar la foto. Y ya en el bar, la verdad que nos hinchamos a chupitos, malditos mexicanos, me traen por el camino de la amargura. Esa combinación de tomate, vodka y tabasco… y no, no es como el Bloody Mary, siempre igual. Después de seis o siete rondas de chupitos y de rallarme con el idioma, cogí camino a casa -perdiendo un pulover por el camino o a saber dónde- y así se puso fin a la Navidad.

Al día siguiente resaca, silencio en la casa, comiendo restos y disfrutando de Malcolm In The Middle. Y aunque los mercadillos navideños aguantaron un par de días más y todavía quedaba pendiente la noche de Fin de Año -tendrá entrada aparte-, la verdad que se puede decir que esa misma noche murió la Navidad. Parece que siempre hay motivos para sonreír allá donde uno esté, es sano intentar ser feliz a cada momento y en estas fiestas, finalmente, disfruté, sí.

Meine erste WG

Bueno, no estoy escribiendo porque, realmente, no está pasando gran cosa en Berlín o, mejor dicho, mi vida en Berlín está en un punto bastante anodino. Hoy es mi última noche -oficial- en mi primer piso alemán, a partir de mañana pasaré a ser carne de sofá y, quien sabe, puede que vaya rotando por los pocos WG (pisos) de gente que conozco hasta que encuentre algún lugar que pueda empezar a considerar mi hogar aunque esta casa siempre tendrá un huequito en mis memorias porque aquí fue donde se me abrieron las puertas de Berlín. Todos los condicionantes de mi vida alemana empezaron el día que me instalé en Braunschweiger Straße.

Vivo en un edificio muy tranquilito. Una amplia escalera de madera chirriante nos lleva al tercer piso no sin antes escuchar los ladridos -día sí, día también- de los entrañables perros del vecino de abajo. Una vez en el descansillo solo dos grandes puertas de madera, puertas de esas que no inspiran seguridad alguna, puertas que con varios empujones podrían caer sin ninguna resistencia. Y tras una cerradura de verdad y otra de pega: el hogar.

Pasillo de mi WG

Aquí en Alemania, es de personas educadas y con buenas costumbres descalzarse al entrar a las casa y dejar los abrigos en el perchero. Sobre la colorida mesa que se ve en primer plano dejamos el vidrio y el plástico para reciclar. Aquí te pagan por reciclar, ayer reciclamos unas cincuenta y cinco botellas de cerveza -y no, no bebemos mucho, lo prometo- a cambio de seis euros con algo. A la izquierda la cocina, a la derecha mi cuarto y al fondo el trastero (mi próximo armario) flanqueado por los cuartos de Igor, izquierda, e Isa, derecha.

Nuestra cocina

No crean que no pongo más fotos de la cocina porque esté toda la loza sin fregar, no sean malos, pero tampoco hay mucho que enseñar. Nada lo suficientemente relevante o nunca visto para ser destacado. En ausencia de salón, y salvo que seamos muchos más que muchos en casa, este es nuestro centro de operaciones, lugar de esparcimiento y eje central de nuestra pérdida de tiempo colectiva. A la derecha de la ventana tenemos una puerta que da a un pequeño trastero-despensa, por ahí también cae lo que viene siendo fregadero, nevera y demás mobiliario típico.

Echamos horas en esos taburetes, la verdad. Hay peleas por el sillón de mimbre, es un bien preciado. Solemos cenar juntos, beber cervezas, ver pelis, echar el rato,… lo que surja. Muchas veces, directamente, especulamos durante horas sin hacer nada. Simplemente encendemos la radio -gozamos, realmente, de un aparato antediluviano- y nos dedicamos a cantar a pleno pulmón. En casa no salían de una emisora en plan [i]oldies[/i] bastante ñoña, aunque llegue hasta los noventa, la mítica que te sabes todas las canciones y, aunque no quieras, terminas cantando; pero desde mi llegada hemos investigado en el ancho de banda y dimos con Flux FM: una emisora de indie, electrónica y musiquillas más alternativas. Por las noches se prescinde de la luz principal y sobrevivimos a base de velas, bombillas escondidas, la luz del extractor de la cocina (“attraction point of view“) y una serpiente de luces que recorre toda la cocina por encima de los muebles (nuestra “party light“)

Mueble del reciclaje molón y demás parafernalia artística del pasillo

Zona de ocio de mi cuarto

Bueno, para entrar en mi cuarto es un poco paranoia, pero, en el fondo, es una buena ida. Al abrir la puerta, te encuentras de bruces con la parte trasera del armario y lo tienes que bordear. Es un poco coñazo, pero bastante resultón para separar ambientes. Tras rodear el armario te encuentras con el pequeño saloncito que se ve en la foto, apenas faltaría una mesa bajera para darle el toque. Tengo, al menos, tres lámparas con las que se puede jugar iluminar distintos lugares y crear atmósferas, colores, situaciones. En el sofá grande me suelo echar unas siestas con una mantita que… ains. Y sí, todo ese ventanal es mío, jeje, más la ventana de la derecha y otra idéntica a la izquierda.

Cama-armario

Aquí tenemos el mueble que hay que bordear para entrar. Grande de cojones, me sobra armario por todas partes. De “no tener armario” en Seseña (¡es una broma, chavales!) a esto va un paso, aunque esta misma tarde tengo que hacer la maleta y a partir de mañana ella será mi nuevo armario. Sí, ya voy… ¿Qué coño es eso dorado que cuelga? Digamos que es una cortina y no, yo no tengo nada que ver con ella. Estaba ahí cuando llegué y ahí se quedó. La verdad que teniendo en cuenta que los alemanes no son tan astutos como para usar cortinas algo menos traslúcidas ni han descubierto el maravilloso mundo de las persianas, nunca está de más esa telita que te quita un pisco de luz.

Baño

El pasillo desde el otro lado

 

Cuarto de Isa

El cuarto de Isa es del mismo tamaño que el mío. Las habitaciones están por encima de los veinte metros cuadrados muy tranquilamente. Es un descojono, aunque a veces no tanto, porque nuestras habitaciones están comunicadas por una puerta. Si uno estornuda, el otro dice Gesundheit. Si uno está escuchando Amparanoia, se escucha al otro cantar. La cantidad de muebles en la puerta, en una y otra habitación, impiden el acceso (¡malpensados!). No pongo más fotos de su habitación porque es eso: suya. Pero es la que más muebles tiene, la que más decorada está y demás. El viernes pasado estábamos ocho personas echando el rato entorno a la mesa. Y ese sofá… mañana me reencontraré con él. Encima su habitación tiene un pequeño balconcito con dos sillas. Mis primeros días aquí, cuando todavía no hacía un frío demencial, salíamos alguna noche a echar un cigarrito mirando a la nada.

Vistas del balcón desde el balcón de Isa

Imagino que habrá una segunda parte de esta entrada con más fotos del piso o, al menos, con Igor e Isa, alguna fiestecilla o alguna chorrada digna de mención (la verdad que no estoy usando la cámara casi nada). Todavía no he subido al tejado del edificio, me enteré hace poco que se podía subir. Sí, está claro. Ya estamos tardando en subir a echar uno al tejado, pero hemos decidido postergar un poco el acontecimiento hasta primavera para poder sentarnos muy tranquilamente, ver atardecer, fumar unos cuantos  y echar el rato como bien se merece. También tenemos un patio donde están los contenedores de la basura y el parking de bicicletas. Sí, sí, parking de bicicletas en el edificio. Estos astutos alemanes nos sacan años de ventaja. La foto del patio es un poco penosa porque la ventana no se puede abrir del todo y demás… lo siento.

Patio de bicis

Esta, en esencia, ha sido mi primera casa en Berlín. Quedaría una foto del edificio desde fuera, alguna foto de mi bici, el póster antifascista en la entrada del edificio,… el entrañable vecino del edificio de enfrente que todos los días se asoma a la ventana a la misma hora, los turcos y los adorables borrachos del Spätkauf (tienda 24 horas de alcohol y tabaco) a quince metros del portal,… y todas esas otras cosas que hacen de Neukölln un lugar bastante acogedor para vivir.

El sol se despide desde mi ventana

 

 

Manifa I

Hace tiempo, quizás en verano, hablaba con Nuno sobre lo bonito que era caminar por Madrid durante las manifestaciones que han sacudido la capital española desde el levantamiento ciudadano y espontáneo acaecido en mayo del presente (que bonito me ha quedado, ains). La verdad que durante todas esas jornadas -sobretodo las más tranquilas y calmadas- pudimos no solo disfrutar de Madrid y sus calles sino incluso conocerla y apreciarla. A veces, debido a la presión de los ritmos urbanos, uno camina sin tiempo a levantar la cabeza, sin pausa para observar balcones con flores y curiosos edificios. Durante todas esas tardes haciendo kilómetros por el centro de Madrid pude disfrutar de sus edificios, de su monumentalidad, desde un ángulo diferente: desde el medio del asfalto. Es increíble la cantidad de cosas que nos perdemos por caminar siempre al amparo de la acera y teniendo una perspectiva apenas dos o tres metros alejada de los edificios.

Pues bien, el martes pasado tocó “conocer Berlín” con motivo de una manifestación frente a los recortes en educación, sí, aquí también estamos en las mismas. La cita era a las doce de la mañana en una plazita enfrente del Rathaus, cerca de Alex Platz, y a continuación nos dimos una bonita vuelta, al menos tres horas por el centro de Berlín. Partiendo de Mitte bajamos hacia la Isla de los Museos -no recuerdo si bajamos por Unter Den Liden o por Leipziger Straße, creo que por la segunda- hasta que nos encontramos con Friedrichstraße recorriendo toda la calle en sentido norte hacia Oranienburger Tor. Giro a la derecha en TorstraBe y un par de kilómetros después ya estábamos en Otto-Braun Straße, muy cerquita de Alex Platz.

La verdad que fue un recorrido bastante entretenido por todo el centro de Berlín. Podría decir que monumentos vi y cuales no, pero bah, no llevaba la guía encima ni tampoco me la sé de memoria, así que diremos que fue divertido, cultural y reivindicativo el paseo.  Volví a darme ese gustazo del que hablaba con Nuno, volver a parar por un segundo los pies, girar trescientosesenta grados y disfrutar de todo lo que veía.

Enfoques poéticos de la vida aparte, la manifestación fue, de entrada, sorprendente. Yo ardía en deseos de encontrarme con el Black Block, indudablemente, pero cuando llegué a la concentración me encontré con niños. Y no, no eran las juventudes del Black Block. La primera en la frente. Pero fue gratificante, a la par que sorprendente, ver a tantísimo niño en la manifestación. No tendrían más de doce años y allí estaban con sus pancartas, sus banderas y sus cánticos ensayados. Punto a favor de la integración de la sociedad en las manifestaciones.

El segundo punto, y más interesante, es el hecho de convertir las manifestaciones en una suerte ravefestaciones ambulantes. Al menos tres o cuatro soundystem acompañaban a la manifestación y no, no eran tres punkis con un carrito de la compra y dos altavoces dentro, que también. De entrada había un camión tuneado con al menos tres parejas de altavoces tronando tech-house entre homilía política y llamamientos al alzamiento. Un poco más atrás un coche cubieto de altavoces amenizaba la larga caminata bajo drumma, rap combativo y algún temilla punk que se les coló. Algo más atrás ya directamente tecno, algo de electroclash y un poco de petardeo cañero (onda Peaches, pero gritando como si la piba fuese a morir ese día, reminiscencias a Atari Teenage Riot, imagino).

Por un lado era completamente feliz. Se podía bailar, de hecho todo dios bailaba, era muy festivo y divertido. Pero por otro lado creo que tanta música, tanta fiesta, ahoga el verdadero mensaje de la manifestación. Los cánticos de los manifestantes se pierden entre beats y coros, quedan apagados entre la algarabía. Sigo pensando que las manifestaciones, por muy lúdicas que sean, nunca deben perder su carácter reivindicativo y combativo. La profusión de consignas y lemas se veía mermada ante la incapacidad de hacer frente con nuestros gritos a la potencia de los soundsystem.

Otra de las sorpresas fue la inmensa presencia policial. No quiero ni pensar en el jolgorio que será el uno de mayo aquí en Berlín, jeje. Fuimos escoltados durante todo el paseo por la policía caminando a nuestro lado, en cada esquina, en cada cruce conflictivo, una serie de lecheras y refuerzos controlando el percal. Pero, por mucha presencia policial, fue una jornada tranquila y festiva. Cero problemas… já, mentira. Todos sabemos que intentaron arrestrar a dos chicos y yo estaba allí, a dos metros, curioseando a ver qué pasaba y dispuesto a empezar a gritar desde que se viera abuso alguno de autoridad. No sabré hablar alemán todavía, no me enteraré de la misa la mitad, pero cuando tocan a un compañero… y sí, estaba claro que tenía que ser uno de esos vestidos todo de negro bajo la única bandera okupa de toda la manifestación…

Pero, vuelvo e insisto, fue una jornada pacífica, controlada y sin problemas. Muchas referencias a la unión de fuerzas en distintos países, llamamiento al alzamiento internacionales, muchas menciones a la spanish revolution,… y muchísimas referencias, sobretodo al final de la marcha, a la lucha que no cesa contra los nazis. La verdad que Berlín es una ciudad antifa en toda regla, o al menos da esa impresión. Nada más salir de mi portal hay un póster antifa y eso que Neukölln no destaca por ser barrio antifa. Y, a pesar de estar de acuerdo con la exterminación de esa subespecie, tengo que reconocer que sigo un poco contrariado a desviar los objetivos de manifestaciones, concentraciones o cualquier tipo de acto. Si vamos por la educación, vamos por la educación. Ya saldremos otro día a protestar por lo siguiente, será por días… las calles siguen siendo nuestras, en Berlín, en Madrid, en Las Palmas de Gran Canaria o en esas ciudades sin calles asfaltadas por las que circulan cabras en lugar de coches.

Bonita experiencia, un poco de frío y gran recorrido por el centro de la ciudad. Volví a casa con literatura “revolucionaria” para dar y tomar. Aquí no existe la sombra de ningún 15-M que impida politizar las manifestaciones, así que allí estaban las juventudes comunistas, los sindicatos anarquistas, diversas asociaciones políticas… cada una de su padre y de su madre. Espero con ansías volver a otra manifestación (Seseña lo sabe, Nuno lo sabe, era nuestro deporte favorito). Hace un par de semanas me propusieron ir un finde a acampar y cortar las vías de un tren para frenar un transporte de residuos nucleares, pero se quedó un poco en el tintero y no me han vuelto a decir nada. El frío no es excusa… sigue sin hacer frío. Y nada, mientras espero a otra manifestación… al menos ya formo parte del 15-M berlinés, pero esa ya es otra historia.

Merh Lehrer fur kleinere Klassen! 

Compra I

Bueno, tras haber ido ya al supermercado unas cuantas veces creo que ya me encuentro en disposición de hacer un breve listado de precios. Solo estoy acudiendo a un supermercado, Real, porque es el más grande y más cercano que encuentro. Ya he contado que por el barrio hay infinidad de pequeñas  y casi grandes tiendas regentadas por turcos, a ellas acudo a comprar frutas y verduras; también tenemos un Lidl; un Penny Markt e infinidad de tiendas pequeñas donde comprar los productos más variopintos: ¡hoy conseguí comprar tunos! (higos chumbos en lenguaje peninsular, pse). Pero eso, a la hora de hacer una gran compra o, por lo menos, encontrar los productos básicos estoy tirando del Real.

Antes de entrar en detalle con los precios, me parece que aquí se vive muy al día en cuanto a comida se refiere. Raro es ver a personas llenar el carro en el supermercado. Pero sí que es frecuente encontrar a los típicos que parece que van a por los tres ingredientes que necesitan para la receta de esta tarde o noche. Aquí tampoco dan bolsas de plástico, salvo en los supermercados pequeños, así que la compra se reduce a lo que puedas cargar o lo que te entre en la mochila. Uno está fuerte, pero la mochila no da de sí todo lo que uno querría, jeje.

 

- Butterkaese (no tengo claro que tipo de queso es, pero bueno… mítico queso plato de sandwich), 300 gr: 1.89 €
- Manises (cacahuetes en lenguaje peninsular): 0.50 €
- Espinacas congeladas, 250 gr: 0:39€
-Embutido chungo (ríete e la mortadela con aceitunas), 100gr: 0:69€
- Zumo de papaya, 1litr: 0.79€
- Lata de champiñones: 0.49€
- Cerveza Wickuel Pils: 0.39 unidad (botella de cristal, 5.4% de alcohol)
- Lentejas, 500gr: 1.79€
- Nata para cocinar (o eso creo), 200gr: 0.49€
- Placas para lasaña, 500 gr: 1.49€
- Queso para untar: 0.49€
- Gnocchi, 500 gr: 0.89€
- Tortellini de queso y espinacas: 0.99€
- Queso rallado enmental: 1.49€
- Bolsta de ensalada: 1.29€
- Champú, 500ml: 0.75€
- Aceite de oliva (es un chiste, pero bueno), 1l: 2.59€
- Detergente fregaplatos, 1l: 0.89€
- Remix de quesos (Edam, Enmental, Cheddar,…): 1:19€
- Zumo, 3×200 ml (creo recordar):1.19€
- Arroz, 1kg: 0.89€
- Penne Rigatti (suena mejor que macarrón), 0.5 kg: 0.49€
- Albahaca, bote: 1.79€
- Bote de tomate: 0.29€
- Servilletas 1.35 €
- Berenjenas, 0.728 Kg: 1.45€
- Carne picada, 1kg: 4.99€
- Desodorante: 1€

Y mientras escribía esto y me levantaba a la cocina a comprobar qué eran algunas cosas, me encontré con mi compañero de piso y le comenté la jugada. Tras estar un poquito comparando precios, me dijo que, realmente, Penny Markt es infinitamente más barato que Real, pero que posee menor variedad. Imagino que a la siguiente me acercaré al Penny que ya, por fin, sé donde está. Siguiendo con la conversación derivamos en que el alto precio de algunos productos puede deberse a la falta de costumbre del pueblo germano a la hora de cocinar de verdad. Abundan los precocinados de todo tipo: pastas, carnes, pescados, comidas internacionales, sopas, purés, potajes,… Quizás haya un cierto aislamiento, muchas personas cocinan para ellos mismos y no desean perder tiempo en la cocina, por eso optan por la salida fácil. Siempre es más fácil abrir una lata y echarla al fuego que pelar verduras, cortarlas, cocinarlas,… pero yo sigo en mis trece y no me dejaré influenciar por ellos.

También he comprado otras cosas como zanahorias, cebollas, brócoli, tomates, puerros,…  y mucho pan, muchísimo pan, de hecho hoy compré bazlama (pan turco) para acompañar la comida. Pero suelo tener pan integral, pan con cereales, pan de centeno,… hay mucha cultura de pan por estas tierras y suele estar bastante bueno. Todos estos últimos ingredientes los suelo comprar en tiendas pequeñas y no tengo las facturas a mano, si es que en algún momento me las llegaron a dar.

Por lo menos se verá que sigo comiendo bien. Abonado a las cremas de verdura y las pastas de todo tipo. A ver si entre todos me van diciendo como ven los precios. Yo sé que hay cosas que están infernalmente caras (caso del queso rallado o las lentejas), aparte del factor del “supermercado equivocado”, pero eche o que hai. Ahora solo queda decidir si esta noche caen unos gnochhis con carbonara de champiñones o berenjenas rellenas (¡me acordaré de ti cuando las haga, Juan!). Aunque también juega ese equipo que va de rojo y pantalón azul, todavía me como un par de sandwich, me echo unos manises, me bebo unas cuantas cervezas y me echo un cigarrito de la risa.

Neukölln

Ahí es donde resido temporalmente y donde pretendo residir, si no hay complicaciones, el resto de mi etapa en Berlín. Está situado en el extremo sur de la ciudad, justo debajo de Friederichshain-Kreuzberg, lindando al este con Treptow-Köpenick y al oeste con Tempelholf-Schöneberg. Al mismo tiempo, el distrito tiene cinco subdivisiones (no sé todavía como diferencian ellos entre distritos, barrios y demás) que son el propio Neukölln, Britz, Buckow, Rudow y Gropiusstadt. Yo vivo en el propio Neukölln y, a mí entender, está vertebrado por tres calles principales, a saber: HermannStraße, Karl-Marx Straße y Sonnenalle. Tres arterias principales a rebosar de comercios de todo tipo, restaurantes, sitios de comida rápida, pequeños comercios, cines, bares con encanto, bares sin encanto, casas de apuestas ilegales, teterías, centros comerciales y parques, muchos parques, abundan los espacios verdes aunque no sean de dimensiones exageradas.

Neukölln está medianamente bien conectado con el resto de Berlín. La línea de U-Bahn que recorre el barrio es la U-7, azul clarito, que no te lleva el centro del tirón, pero que, haciendo transbordo en HermannPlatz, te puede llegar a colocar en AlexPlatz en menos de media hora. También pasa por Neukölln el Ring, que vendría a ser una línea circular, la línea 6 del Metro de Madrid. Hay quien dice que si no vives en el Ring, lo llevas jodido. No tengo controlado el Ring, apenas lo he usado, pero no hay que ser muy listo para darse cuenta que puedes hacer transbordo, gracias a él, con casi todas las líneas de U-Bahn y S-Bahn. Desde mi casa y en sentido sur-norte las estaciones más próximas son Neukölln, Karl-Marx Straße y Neukölln Rathaus; aunque recorriendo HermannStraße también encontramos al menos otras tres estaciones de la U-8, azul oscuro, que confluyen en HermannPlatz. No hay mucha pérdida en ese sentido. Sobre las guaguas (autobús en idioma internacional) no diré nada porque no he cogido ninguna y, por aquí, tampoco pasa el tranvía.

La zona de mi barrio posee, arriba o abajo, unos ciento cincuenta mil habitantes que se distribuyen de manera casi homogénea en edificios no muy alto y espaciados. Las viviendas no suelen superar las cinco alturas y, casi, todas suelen contar con pequeños patios arbolados entre sí que sirven de lugar de esparcimiento y aparcamiento comunitario de bicicletas. Las calles suelen ser bastante anchas, al menos para lo que uno acostumbra a conocer. Por las aceras podría pasar un rinoceronte apenas sin dificultad, lo mismo ocurre en la carretera -asfaltadas las calles principales, adoquines en las secundarias-. Neukölln es uno de los barrios, sino el que más, con mayor presencia de inmigrantes entre sus ciudadanos, incluso llega a tener colegios en los que el cien por cien del alumnado es inmigrante.

La mayor parte de esta inmigración es de origen turco, árabe y kurda, pero se dice, rumorea y comenta que está creciendo la población venida de Rumania o de la franja sub-sahariana. Esto tiene un reflejo directo en las calles y, sobretodo, en los comercios y costumbres del barrio. A primera vista sorprende la cantidad de kebabs que hay por el barrio, uno en cada manzana si te descuidas, pero poco a poco descubres que hay todo un mundo por explorar y descubrir. Así, es bastante fácil encontrar carnicerías del tipo halal (de acuerdo con la sharia o ley islámica) y como no solo de carne vive el hombre también tienen un gran surtido de frutos secos, especies, pastas, harinas, tés,… Cualquier persona que guste de la comida árabe y sepa prepararla tiene aquí su pequeño oasis de tiendas, ya no especializadas sino auténticas. Si después de comer uno gusta de postres puede visitar alguna de las teterías que rondan el barrio o comprar pastelitos (como los que hacía Lau, por ejemplo) en casi cualquier lado porque también abundan las panaderías y dulcerías. También hay sitio para las salchichas en el barrio, tranquilos, los alemanes tampoco pierden su idiosincracia.

Salvando mucho las distancias, sobretodo las arquitectónicas, podría decirse que el barrio es como Lavapiés (Madrid). Se respira multiculturalismo, inmigración e integración. Además, y es algo que agradezco, se respira tranquilidad. Parece que no existieran problemas en Neukölln, que fuera un pequeño remanso de paz. Por sus calles corren niños, pasean ancianos, los jóvenes beben cervezas en las escaleras de cualquier edificio. Nadie mira por encima del hombro a nadie, incluso puede resultar que el caucásico sea el extraño en según qué situación. Ves con total normalidad como los inmigrantes son el motor de una economía basada en el comercio (ropa, tecnología y frutas-verduras en su mayoría) y como todos participan de ella de manera incluyente. No hay barreras ni obstáculos que impidan una total integración ya no solo de los inmigrantes, sino de los propios “nativos” con la población extranjera. Es una relación recíproca en la que todos parecen haber aprendido a disfrutar y aprender unos de otros. Tirando de Google uno descubre que ha sido nombrada por el Consejo Europeo y  la Comisión Europea de Ciudades Interculturales como ciudad piloto de sus programas a nivel europeo.

Y esto es en esencia el barrio, el distrito en el que vivo. Tiene más cosas, por supuesto. Sus mercadillos callejeros de segunda mano, sus bares de modernos con encanto, sus tiendas con el Abuelo de Heidi detrás del mostrador, infinidad de puestos callejeros de venta de comida o frutería. La verdad que incluso, en función de por donde pasees, a uno le dan ganas de engendrar una familia aquí. No suelen pasar coches por las calles secundarias, no se escucha más ruido que el de tus compañeros de piso, hay una infinidad de servicios (y hablo ya de colegios, oficinas gubernamentales y demás), zonas de ocio, esparcimiento, parques… si apurase diría que hasta puedes ver las estrellas en una noche despejada (vale, muy exagerado, sí).

Neukölln tiene todos los ingredientes para masificarse y encarecerse en un futuro. Los altos precios de Mitte y Kreuzberg hacen que la nueva bohemia se desplace al sur y empiece a invadir estas calles. Se dice, se comenta, que ya los alquileres han subido bastante en estos últimos cuatro o cinco años. Estudiantes universitarios, erasmus, juventud escasa de recursos, jóvenes familias,… parece que el panorama empieza a cambiar. Sin duda, al igual que me ocurrió viviendo en Lewisham (Londres), esto es lo más parecido a vivir en Berlín sin vivir en Berlín. Ausente de la vorágine de la metropolí, carente de turismo, exenta de ruidos, agobios y multitudes, pero siempre conectada a través del cordón umbilical con el centro de la ciudad; así es Neukölln.

[Un día de estos me curraré un vídeo-blog dándome una vuelta por el barrio, palabra.]

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